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| Comentario
Estaba en nuestro cottage en las islas Fire, pasando el verano, ya que los shows que
había escrito también pasaban el verano. Por aquel entonces mi esposa, que era actriz,
había marchado a Nueva York por unos días para ver un trabajo, dejándome solo para
gozar de las diversiones y juegos.
No sucedió lo que están pensando. La isla tiene una bien ganada reputación de
licenciosa, pero las permisiones de la Walpurgisnacht no son para todos y, por cierto, no
lo son para mí, lo que me otorgó una curiosa reputación de esquizo. La mitad de nuestra
comunidad creía que yo era un furtivo libertino a la caza de toda mujer y jovencita con
destino a la cama. La otra mitad creía que yo era un marica disimulado. Me sentía
encantado con las dos versiones.
No, tomaba mis vacaciones de forma muy tranquila. Iba de pesca submarina todos los
días al amanecer y al ponerse el sol, atrapando ocasionalmente algún pez respetable. Por
lo común holgazaneaba en el cottage, leyendo. Mi auténtico entretenimiento era escuchar
las recomendaciones policiales. Los delitos eran escalofriantes. Olvidarse de retirar el
bote de basura del frente de la casa después de las 10 horas… multa: 2 dólares.
Olvidarse de utilizar ropa sobre el bañador en paseos públicos… multa: 2 dólares. Fiestas
ruidosas después de las 11 de la noche… multa: un mordisco de 10 dólares. Los cargos
por los botes de basura eran de lo más graciosos; las señoras implicadas podían discutir
apasionadamente, suplicar, estallar en lágrimas, hasta traer amigos abogados para que
las defendieran. Pero al final pagaban los 2 dólares
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