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Comentario
Era una ocasión, advertí ––la invitación a pasar un fin de semana en una mansión
campestre––, para buscar en la estación a otros, posibles amigos e incluso posibles ene-
migos, que tal vez acudieran también. Tales premoniciones, en efecto, engendraban te-
mores cuando no conseguían engendrar esperanzas, si bien hay que matizar que a veces
se daban, en casos así, equívocos harto graciosos. Uno era mirado austeramente, en el
compartimiento, por personas que a la mañana siguiente, tras el desayuno, demostrarían
ser encantadoras; a uno le dirigían la palabra personas cuya sociabilidad subsiguiente-
mente se mostraba restringida; y uno se confiaba a otros que ya no habrían de reapare-
cer... pues sólo iban a Birmingham. Nada más ver a Gilbert Long, un poco más lejos en el
andén, empero, lo identifiqué como un partícipe. No era tanto que el deseo fuera padre
del pensamiento cuanto que recordaba haberlo visto ya en Newmarch más de una vez.
Era amigo de la mansión: no iba a Birmingham. Tan escasamente confiaba yo, por otra
parte, en que me reconociera, que me detuve antes de llegar al vagón junto al cual se
hallaba: busqué un asiento que no me expusiera a su compañía.
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