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Comentario
En esta narración, que, lo reconozco, es, no obstante su brevedad,
una obra bastante compleja, no he tenido la menor intención de traer a
cuento lo sobrenatural. A pesar de ello, no ha faltado algún crítico que la
considerase desde este punto de vista y advirtiera en ella mi propósito de
dar rienda suelta a mi imaginación, dejándola trasponer los límites del
mundo de la humanidad viva y doliente. Pero, a decir verdad, mi imagi-
nación no está hecha de una materia a tal punto elástica, y tengo para mí
que, si intentase someterla a la prueba de lo sobrenatural, el fracaso sería
tan lamentable como enojoso y vacuo. Por otra parte, jamás me habría
arriesgado a seme1ante tentativa, abrigando, como abrigo, moral e
intelectualmente, la invencible convicción de que todo lo que cae bajo el
dominio de nuestros sentidos, por excepcional que sea, no podría diferir en
su esencia de todos los demás efectos de este mundo visible y tangible cuya
parte consciente venimos a formar. El mundo de los vivos encierra ya por sí
solo bastantes maravillas y misterios; maravillas y misterios que obran por
modo tan inexplicable sobre nuestras emociones y nuestra inteligencia, que
ello bastaría casi para justificar que pueda concebirse la vida como un
sortilegio. No; mi conciencia de lo maravilloso es demasiado firme para que
pueda dejarse nunca fascinar por el simple sobrenatural, que, en resumidas
cuentas, no es sino un artículo de manufactura fabricado por espíritus
insensibles a las secretas sutilezas de nuestras relaciones con los muertos y
los vivos en su infinita muchedumbre: profanación de nuestros más tiernos
recuerdos; ultraje a nuestra dignidad
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