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Comentario
A la pálida luz reflejada del techo, los limbos graduados de aparatos e instrumentos se
asemejaban a una galería de retratos. Los redondos tenían un pícaro aspecto, los
ovalados se dilataban con insolente jactancia y los cuadrados permanecían inmóviles,
como petrificados en su obtusa fatuidad. Las lucecitas —azules, anaranjadas, verdes—,
que centelleaban en su interior, hacían más real la impresión aquella.
En el centro del convexo cuadro de comando, resaltaba una ancha esfera de color
purpúreo. Ante ella, inclinada en incómoda postura, había una muchacha. Olvidada del
sillón que tenía al lado, pegaba la frente al cristal. El rojo resplandor le iluminaba el juvenil
rostro, tornándolo severo, de más edad, en tanto sombreaba los labios carnosos,
destacando sus trazos, y afilaba la nariz, un poquito arremangada. Las anchas cejas
fruncidas habían tomado un matiz intensamente negro y daban a los ojos una expresión
sombría, desolada.
El rítmico golpeteo de los contadores fue interrumpido por un leve chirriar. La
muchacha se estremeció y echó hacia atrás los finos brazos para enderezar la cansada
espalda
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