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Comentario
McDunn encendió su pipa. Eran las siete y cuarto de una helada tarde de noviembre. La luz
movía su cola en doscientas direcciones, y la sirena zumbaba en la alta garganta del faro. En ciento
cincuenta kilómetros de costa no había poblaciones; sólo un camino solitario que atravesaba los campos
desiertos hasta el mar, un estrecho de tres kilómetros de frías aguas, y unos pocos barcos.
?
Los misterios del mar
?
dijo McDunn pensativamente
?
. ¿Pensaste alguna vez que el mar es
como un enorme copo de nieve? Se mueve y crece con mil formas y colores, siempre distintos. Es raro.
Una noche, hace años, cuando todos los peces del mar salieron ahí a la superficie. Algo los hizo subir y
quedarse flotando en las aguas, como temblando y mirando la luz del faro que caía sobre ellos, roja,
blanca, roja, blanca, de modo que yo podía verles los ojitos. Me quedé helado. Eran como una gran cola
de pavo real, y se quedaron ahí hasta la medianoche. Luego, casi sin ruido, desaparecieron. Un millón de
peces desapareció. Imaginé que quizás, de algún modo, vinieron en peregrinación. Raro, pero piensa
qué debe parecerles una torre que se alza veinte metros sobre las aguas, y el dios-luz que sale del faro, y
la torre que se anuncia a sí misma con una voz de monstruo. Nunca volvieron aquellos peces, ¿pero no
se te ocurre que creyeron ver a Dios?
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