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Comentario
HALLÁBAME preparando un obsequio de cumpleaños para una amiga mía, una
pequeña gema grabada que debía ser engarzada en un anillo. Estaba adherida al centro de
una cartulina sobre la cual escribí las siguientes palabras: «Vale para el joyero L., por un
anillo de oro a confeccionar… para la piedra adjunta, que lleva grabado un barco con velas
y remos.» Donde en esta leyenda aparecen los puntos suspensivos, o sea, entre las palabras
«confeccionar» y «para», había una palabra que me vi obligado a tachar por ser totalmente
ajena al contexto. Era la pequeña palabra bis [«hasta» en alemán]. ¿Qué pudo haberme
inducido a escribirla? Al releer esta breve inscripción advierto que contiene dos veces la
palabra für [«para»] en rápida sucesión: «Vale para el joyero... para la piedra adjunta». Eso
no quedaba bien y debía ser corregido. Luego se me ocurrió que al insertar el bis en lugar
del für trataba de evitar esa torpeza estilística. Sin duda era así, pero en dicho intento
aplicaba medios particularmente inadecuados a tal fin. La preposición bis no guardaba la
menor relación con este contexto y no podía sustituir el inevitable für. ¿Por qué entonces
elegí precisamente ese bis? Posiblemente, empero, la palabrita bis no fuese en modo alguno
la conocida preposición limitativa de tiempo, sino algo totalmente distinto: es también, en
efecto, la palabra latina bis («por segunda vez»), que con este mismo significado se
conserva aún en francés. Ne bis in idem («No efectuar dos veces el mismo procedimiento»]
es una máxima del Derecho romano, y ¡bis, bis! exclaman los franceses cuando desean que
se repita una representación. He aquí, pues, la explicación de mi absurdo error de escritura.
Antes del segundo für percibí la advertencia de no repetir la misma palabra, o sea, de poner
alguna otra en su lugar. La casual identidad fonética entre la palabra foránea bis y la
preposición alemana, que incluye la crítica de la fraseología original, me permitió entonces
insertar el bis en lugar del für, como si se tratara de un error de escritura. Pero esta
equivocación no logró su propósito al ser efectuada, sino sólo una vez que fue corregida.
Tuve que volver a tachar el bis, y al hacerlo eliminé en cierto modo por mí mismo la
repetición que me molestaba. He aquí, sin duda, una variante del mecanismo de un acto
fallido que no deja de tener interés
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