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Comentario
A las diez y media en punto, Jim Eckert se detuvo frente al edificio Stoddard del campus
del Centro Universitario Riveroak, donde Grottwold Weinar Hansen tenía su laboratorio.
Como era de prever, tampoco esa vez Angie Farrell estaba esperándolo en la acera.
Era una cálida y luminosa mañana de septiembre.
Jim permaneció sentado en el coche, tratando de refrenar su mal humor. Seguro que
Angie no tenía la culpa. Ese idiota de Grottwold habría inventado sin duda algo para
mantenerla trabajando más de la cuenta pese a que sabía perfectamente que ella y Jim
iban a ir a ver una casa en alquiler esa mañana... o quizá justamen te por saberlo. Era
difícil no enfadarse con alguien como Grottwold, que, no contento con ser un inútil,
había realizado continuados intentos de quitarle a Angie y quedársela para él.
Una de las dos grandes puertas de la fachada principal del Stoddard Hall se abrió para
dar paso a alguien. Pero no era Angie, sino un fornido joven de poblados cabellos y
bigote pelirrojos que llevaba en la mano una abultada cartera. Al ver a Jim en el coche,
se acercó a él y se acodó en la ventana abierta del asiento delanter o contiguo a la
acera.
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