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Comentario
Los podemos llamar los Guardianes. Lo que guardaban tan celosamente no era
material, en la acepción que los humanos damos a esta palabra. Tenía volumen, aunque
no forma; poseía masa, aunque no dimensión. Un incomprensible conglomerado de
recuerdos, un rayo cargado de ramales y nutrido saber, brotó del espacio, impulsado por
corrientes de gravitación, y lamiendo las llamas de los soles de la constelación. Y llegó a
la Tierra...
Tal vez los Guardianes estaban cansados. Para ellos, Vanderdecken era una criatura
efímera, y los milenios de Ahasuerws no eran sino un lento abrir y cerrar de ojos. Su viaje
duraba siempre, hacia el futuro y hacia el pasado, atrás, atrás, retrocediendo más allá de
nuestro Tiempo, más atrás tal vez de la Primera Creación. Su lugar de procedencia, hasta
los mismos Guardianes lo habían olvidado, al igual que nunca supieron cuál había sido su
origen.
No podían sangrar, del mismo modo que no podían experimentar ni la amargura del
dolor ni el miedo. No poseían células que pudieran morir, ni huesos que el Tiempo pudiera
pulverizar. Estaban despellejados y desnudos, hasta el límite, y aún más allá de nuestro
concepto de la desnudez. Tal vez llegó el momento en que sintieron hambre. Hambre de
carne...
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