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Comentario
El sol se había puesto. Las nubes, que cruzaban hechas jirones sobre mi cabeza, iban a
amontonarse unas sobre otras en el horizonte lejano. El viento frío de las tardes de otoño
arremolinaba las hojas secas a mis pies.
Yo estaba sentado al borde de un camino por donde siempre vuelven menos de los que van.
No sé en qué pensaba, si en efecto pensaba entonces en alguna cosa. Mi alma temblaba a punto
de lanzarse al espacio, como el pájaro tiembla y agita ligeramente las alas antes de levantar el
vuelo.
Hay momentos en que, merced a una serie de abstracciones, el espíritu se sustrae a cuanto le
rodea y, repleglándose en sí mismo, analiza y comprende todos los misteriosos fenómenos de la
vida interna del hombre.
Hay otros en que se desliga de la carne, pierde su personalidad y se confunde con los elementos
de la naturaleza, se relaciona con su modo de ser y traduce su incomprensible lenguaje.
Yo me hallaba en uno de esos últimos momentos, cuando sólo y en medio de la escueta llanura
oí hablar cerca de mí
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| Autor : Becquer Gustavo A. |
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