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Comentario
El comandante Cromar se inclinó sobre la mesa ante las pantallas, por las que podía
ver hasta el último rincón de las bodegas, situadas en las vastas profundidades de la nave
que tenía bajo él. La actividad de carga le hizo pensar un poco en lo que debía haber sido
la Creación. La cuidadosa reunión de todos los paquetes, de modo que quedase
asegurada la presencia de todos los elementos necesarios para poder vivir en el largo
tiempo que iba a durar el viaje, se asemejaba a la actividad del Keelong calibrando los
elementos del planeta que estaba preparando para la gente. El comandante Cromar torció
el gesto; al menos eso sería lo que diría el Ama.
Se preguntaba quién sería asignado para hacer de pastor en el viaje. No quería tener
problemas entre los rebeldes de la tripulación y un sacerdote obstinado; aunque ya había
advertido al capitán Mohre que tuviera cuidado de escoger una tripulación ortodoxa.
Advirtió un objeto perdido en el almacén y cogió el micrófono:
—Los elementos médicos de emergencia están almacenados y dispuestos para el
embarque inmediato detrás de las puertas. ¡Mire la orden de carga!
Dirigir la operación de carga no era tarea suya, pues estaba asignada a tripulantes
expertos, pero era algo demasiado personal para dejarla íntegramente en manos de ellos.
Era como vestirse; nadie podría hacerlo mejor que quien se viste a sí mismo. Tras una
docena de expediciones importantes, el vestir a la nave había llegado a resultarle tan
personal como ponerse la ropa.
La operación estaba a punto de concluir. Las débiles vibraciones del suelo indicaban
que se estaban cerrando y sellando las escotillas. El gemido de los motores auxiliares y el
débil clic de los relés marcaban el final de la cuenta atrás que estaban realizando los
hombres del capitán Mohre.
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