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Comentario
Ayer, cuando iba a reunirme con Guru en el bosque, un hombre me detuvo
y me dijo:
–Chico, ¿qué haces aquí a la una de la madrugada? ¿Sabe tu madre
dónde estás? ¿Qué edad tienes para andar por ahí tan tarde?
Le miré y vi que tenía el pelo blanco, así que me eché a reír. Los viejos
nunca ven; en realidad, los hombres nunca ven nada. A veces las mujeres
jóvenes ven algo, pero los hombres casi nunca.
–Voy a cumplir doce años –le dije. Y a continuación, como no quería que
viviera para que se lo contara a nadie, añadí–: Y estoy en la calle tan tarde
porque voy a ver a Guru.
–¿Guru? –preguntó él–. ¿Quién es Guru? ¿Algún extranjero? Mal asunto
enredarse con extranjeros, jovencito. ¿Quién es Guru?
Así que le dije quién era Guru, y justo cuando empezaba a hablar de
revistas baratas y cuentos de hadas dije una de las palabras que me había
enseñado Guru y dejó de hablar. Como era viejo y sus articulaciones estaban
rígidas no se desmoronó, sino que se cayó de una pieza, golpeándose la
cabeza contra una piedra. Luego seguí mi camino.
A pesar de que voy a cumplir doce años, sé muchas cosas que los mayores
no saben. Y recuerdo cosas que no pueden recordar los otros niños. Recuerdo
haber nacido de la oscuridad, y los ruidos que la gente hacía a mi alrededor.
Luego, cuando cumplí dos meses, empecé a comprender que los ruidos
significaban cosas como las que había en el interior de mi cabeza. Descubrí
que también podía hacer aquellos ruidos, y todo el mundo se quedó muy
sorprendido.
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