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Comentario
La cuestión que me propongo tratar esta noche es una de las más importantes en la serie
de las grandes cuestiones que se ofrecen a la humanidad del siglo XIX. Después de la
cuestión económica, después de la del Estado, aquélla es, quizás, la mas importante de
todas. En realidad, puesto que la distribución de la justicia fue el principal instrumento
en la constitución de todos los poderes, puesto que es la base misma y el fundamento
más sólido de los poderes constituidos, no exageraré si digo que la cuestión de saber
qué debe hacerse con los que cometen actos antisociales
, encierra en si la gran cuestión
del gobierno y del Estado.
Muchas veces se ha dicho que la función principal de toda organización política, es
garantizar doce jurados probos a todo ciudadano, al que otros ciudadanos denunciaren
por cualquier motivo. Pero falta saber
qué derechos debemos reconocer a esos diez, o
doce, o cien jurados, sobre el ciudadano al que consideren culpable de un acto
antisocial y perjudicial para sus semejantes
.
Esta cuestión resuélvese actualmente de la manera más sencilla. Se nos responde:
¡Castigarán! ¡Sentenciarán a muerte, a trabajos forzados o a presidio!
Y esto es lo que
se hace. Es decir, que, en nuestro penoso desarrollo, en esta marcha de la humanidad
por entre los prejuicios y las ideas falsas, hemos llegado a tal punto. Mas también ha
llegado la hora de preguntar:
¿Es justa la muerte, es justo el presidio? ¿Se consigue con
ellos el doble fin que trátase de obtener: impedir que se repita el acto antisocial y
tornar mejor al hombre que se hiciera culpable de un acto de violencia contra su
semejante? Y, para concluir, ¿qué significa la palabra culpable, con tanta frecuencia
empleada, sin que hasta la fecha se haya intentado decir en qué consiste la
culpabilidad?
A todas estas preguntas propóngome responder; dar un esbozo de respuesta, mejor
dicho, en el corto espacio de una velada.
Grandes son estas cuestiones, que encierran en sí la dicha, no sólo de los centenares de
millares de detenidos que en este momento gimen en nuestras cárceles y presidios; la
suerte, no sólo de las mujeres y niños que sollozan en la miseria desde que el
cabeza de
familia
fuera encerrado en un calabozo, sino también la dicha y la suerte de toda la
humanidad. Toda injusticia cometida con el individuo, es en último término sentida por
toda la humanidad
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