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Comentario
El viejo Masson, guardián de uno de los más antiguos y descuidados cementerios de
Salem, sostenía una verdadera contienda con las ratas. Hacía varias generaciones, se
había asentado en el cementerio una verdadera colonia de ratas enormes procedentes de
los muelles. Cuando Masson asumió su cargo, tras la inexplicable desaparición del
guardián anterior, decidió eliminarlas. Al principio colocaba cebos y comida envenenada
junto a sus madrigueras; más tarde, intentó exterminarlas a tiros. Pero todo fue inútil.
Seguía habiendo ratas. Sus hordas voraces se multiplicaban e infestaban el cementerio.
Eran grandes, aún tratándose de la especie de «decumagus», cuyos ejemplares
miden a veces más de treinta y cinco centímetros de largo sin contar la cola pelada y gris.
Masson las había visto hasta del tamaño de un gato; y cuando los sepultureros
descubrían alguna madriguera, comprobaban con asombro que por aquellas malolientes
galerías cabía sobradamente el cuerpo de una persona. Al parecer, los barcos que
antaño atracaban en los ruinosos muelles de Salem debieron de transportar cargamentos
muy extraños
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