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Comentario
Nadie lo vio desembarcar en la anónima noche, nadie vio la canoa de bambú
sumiéndose en el fango sagrado, pero a los pocos días nadie ignoraba que el
hombre taciturno venía del Sur y que su patria era una de las infinitas aldeas que
están aguas arriba, en el flanco violento de la montaña, donde el idioma zend no
está contaminado de griego y donde es infrecuente la lepra. Lo cierto es que el
hombre gris besó el fango, repechó la ribera sin apartar (probablemente, sin sentir)
las cortaderas que le dilaceraban las carnes y se arrastró, mareado y
ensangrentado, hasta el recinto circular que corona un tigre o caballo de piedra,
que tuvo alguna vez el color del fuego y ahora el de la ceniza. Ese redondel es un
templo que devoraron los incendios antiguos, que la selva palúdica ha profanado y
cuyo dios no recibe honor de los hombres. El forastero se tendió bajo el pedestal.
Lo despertó el sol alto. Comprobó sin asombro que las heridas habían cicatrizado;
cerró los ojos pálidos y durmió, no por flaqueza de la carne sino por determinación
de la voluntad. Sabía que ese templo era el lugar que requería su invencible
propósito; sabía que los árboles incesantes no habían logrado estrangular, río
abajo, las ruinas de otro templo propicio, también de dioses incendiados y
muertos; sabía que su inmediata obligación era el sueño. Hacia la medianoche lo
despertó el grito inconsolable de un pájaro. Rastros de pies descalzos, unos higos
y un cántaro le advirtieron que los hombres de la región habían espiado con
respeto su sueño y solicitaban su amparo o temían su magia. Sintió el frío del
miedo y buscó en la muralla dilapidada un nicho sepulcral y se tapó con hojas
desconocidas.
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| Autor : Borges Jorge Luis |
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