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Comentario
La luna brillante, que pendía casi al alcance de la mano sobre la Colina Barrow,
iluminaba los campos amortajados en nieve y hacía que el paisaje invernal pareciera
tener una tenue luz propia. Era un lugar sin vida, sin rasgos característicos, pero aun así
las formas de los campos destacaban con claridad, salpicados por las sombras de los
negros bosquecillos de robles que los bordeaban. A lo lejos, saliendo de la sombra
alrededor del prado llamado Las Cepas, la figura espectral se movió de nuevo, siguiendo
un sendero oculto sobre la elevación del terreno, y luego hacia la izquierda, al refugio de
los árboles. Se quedó allí, de pie, visible ahora sólo para el anciano que la miraba desde
la Granja Stretley; y devolviéndole la mirada. La capa que llevaba era oscura, se ocultaba
el rostro con la capucha. Al moverse por segunda vez, acercándose cada vez más a la
granja, dejó atrás el bosque oscuro. Se encorvaba a cada paso, quizá por el frío navideño.
Allá por donde pasaba, dejaba un profundo surco en la nieve recién caída.
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