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| Comentario
La nave comenzó por ser un esqueleto mecánico. Poco a poco, se le fue cubriendo con una piel brillante
por encima y con unas interioridades de extraña forma instaladas dentro.
Thornton Hammer era entre todos los individuos (menos uno) involucrados en el crecimiento, el que
hacía físicamente menos. Quizá por este motivo era por lo que estaba tan bien considerado. Manejaba los
símbolos matemáticos sobre los que se basaban las líneas trazadas sobre papel milimetrado y sobre las
que, a su vez, se basaba el ensamblaje de las masas y formas de energía que entraban en la nave.
Hammer observaba ahora por medio de ceñidas y oscuras gafas. Sus lentes captaban la luz de los tubos
fluorescentes del techo y la devolvían como reflectores. Theodore Lengyel, representante local de la
corporación que financiaba el proyecto, estaba a su lado y señalando con el dedo extendido, dijo:
—Allí está. Ése es el hombre...
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