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LEGITIMA DEFENSA


 
Comentario
Mi decisión de llegar a ser abogado se convirtió en decididamente irrevo- cable cuando me percaté de que mi padre odiaba la profesión jurídica. Yo era un adolescente desmañado, avergonzado de mi propia torpeza, frustra- do con la vida, horrorizado de la pubertad; además, mi padre estaba a pun- to de mandarme a una escuela militar por insubordinación. Él era un ex ma- rine y estaba convencido de que los jóvenes debían vivir a toque de corne- ta. Puesto que yo me había acostumbrado a responderle y tenía aversión a la disciplina, su solución consistió en alejarme de la casa. Transcurrieron muchos años antes de que lo perdonara. También era ingeniero industrial y trabajaba setenta horas semanales pa- ra una empresa que, entre muchas otras cosas, fabricaba escaleras. Por su propia naturaleza, las escaleras son artefactos peligrosos y su compaña era objeto frecuente de demandas judiciales. Como responsable de diseño, mi padre era el portavoz predilecto de la empresa en juicios y atestados. No puedo decir que reproche su odio por los abogados, pero yo llegué a admi- rarlos por lo mucho que le amargaban la vida. Después de discutir ocho horas con ellos llegaba a casa y empezaba a tomar martinis. No se moles- taba en saludar, dar besos, ni cenar. Después de aproximadamente una hora sin dejar de incordiar mientras deglutía cuatro martinis, perdía el co- nocimiento en su desvencijado sillón. Uno de los juicios duró tres semanas y cuando concluyó, con un severo veredicto contra la empresa, mi madre llamó a un médico y lo ingresaron un mes en un hospital. Más adelante quebró la empresa y, evidentemente, atribuyó toda la culpa a los abogados. Nunca oí mencionar que tal vez ciertos errores de dirección pudieran haber contribuido a la quiebra. El alcohol pasó a dominar su vida y se deprimió. Pasó muchos años sin trabajo fijo, lo cual me complicó realmente la vida,. porque me vi obligado a servir mesas y repartir pizzas para seguir contra viento y marea en la uni- versidad. Creo que hablé con él dos veces durante mis primeros cuatro años de estudios. El día en que supe que había aprobado el ingreso a la Fa- cultad de Derecho regresé a casa orgulloso con la gran noticia. Mi madre me contó más adelante que mi padre había pasado una semana en cama. Dos semanas después de mi visita triunfal, mi padre estaba cambiando una bombilla en el desván -y juro que es verdad cuando se le dobló la esca- lera y se cayó de cabeza al suelo. Permaneció un año en coma en una resi- dencia sanitaria, hasta que alguien tuvo la misericordia de desenchufar la máquina.
Autor : Grisham John
 
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