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Comentario
La empresa Robots y Hombres Mecánicos de Estados Unidos tenía un problema.
El problema era la gente.
Peter Bogert, jefe de matemática, se dirigía a la sala de montaje cuando se topó
con Alfred Lanning, director de investigaciones. Lanning, apoyado en el
pasamanos, miraba a la sala de ordenadores enarcando sus enérgicas cejas
blancas.
En el piso de abajo, un grupo de humanos de ambos sexos y diversas edades
miraba en torno con curiosidad, mientras un guía entonaba un discurso
preestablecido sobre informática robótica:
-Este ordenador que ven es el mayor de su tipo en el mundo. Contiene cinco
millones trescientos mil criotrones y es capaz de manipular simultáneamente más
de cien mil variables. Con su ayuda, nuestra empresa puede diseñar con precisión
el cerebro positrónico de los modelos nuevos. Los requisitos se consignan en una
cinta que se perfora mediante la acción de este teclado, algo similar a una
máquina de escribir o una linotipia muy complicada, excepto que no maneja letras,
sino conceptos. Las proposiciones se descomponen en sus equivalentes lógico-
simbólicos y éstos a su vez son convertidos en patrones de perforación. En menos
de una hora, el ordenador puede presentar a nuestros científicos el diseño de un
cerebro que ofrecerá todas las sendas positrónicas necesarias para fabricar un
robot... Alfred Lanning reparó en la presencia del otro
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