 |
|
Comentario
Yo diría que no veremos más al elefante, ¿eh, Johnny? —dijo uno de
los soldados de uniforme azul.
— Supongo que no, Billy —respondió uno de los soldados de uni-
forme gris. Entonces pareció un poco sorprendido—: iEh! ¿Vosotros, los
yanquis, también decís lo mismo sobre el elefante?
— Siempre, o solíamos decirlo —respondió el soldado de la Unión—.
Si un tipo decía que iba a ver al elefante, significaba que su tropa salía a
luchar con vosotros, los rebeldes.
— Claro, y lo mismo pasaba con nosotros, los confederados. Siento
haber perdido esta guerra, pero no siento haber dejado de ver para
siempre a ese elefante en particular.
— Yo tampoco. ¿Te gustaría echar humo?
—!Santo Dios, Billy Yank! ¿Tienes tabaco?
— Un poco. Y tú, ¿tienes una pipa?
— Es casi lo único que me queda. —El soldado confederado cambió
de mano las riendas de varios caballos y con la mano libre rebuscó en
un bolsillo—. Hemos fumado y masticado hojas de frambuesa, cuando
no las hervíamos para hacernos «té». ¿Te lo imaginas? Y toda esta parte
de Virginia solía ser tierra de excelente tabaco.
—Ahí tienes. Hoja ancha cultivada en la sombra de Connecticut. Llénate
la pipa.
Otros reclutas abandonaron las rígidas posturas de patio de revista que
habían mantenido junto a los caballos, y azules y grises se mezclaron,
alargándose mutuamente las riendas que sujetaban, a fin de llenar sus
pipas o cortar una porción de tabaco. Estaban en una loma cubierta de
hierba al lado de un acre triangular de terreno baldío, un poco más
abajo del juzgado del pueblo, y cuidaban las monturas de los numerosos
oficiales unionistas y confederados que supervisaban la formación del
último pabellón de armas
| |