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Comentario
Hace algún tiempo me paseaba yo por una florida campiña estival, en compañía de
un amigo taciturno y de un joven pero ya célebre poeta [*] que admiraba la belleza de la
naturaleza circundante, mas sin poder solazarse con ella, pues le preocupaba la idea de que
todo ese esplendor estaba condenado a perecer, de que ya en el invierno venidero habría
desaparecido, como toda belleza humana y como todo lo bello y noble que el hombre haya
creado y pudiera crear. Cuanto habría amado y admirado, de no mediar esta circunstancia,
parecíale carente de valor por el destino de perecer a que estaba condenado.
Sabemos que esta preocupación por el carácter perecedero de lo bello y perfecto
puede originar dos tendencias psíquicas distintas. Una conduce al amargado hastío del
mundo que sentía el joven poeta; la otra, a la rebeldía contra esa pretendida fatalidad. ¡No!
¡Es imposible que todo ese esplendor de la Naturaleza y del arte, de nuestro mundo
sentimental y del mundo exterior, realmente esté condenado a desaparecer en la nada!
Creerlo sería demasiado insensato y sacrílego. Todo eso ha de poder subsistir en alguna
forma, sustraído a cuanto influjo amenace aniquilarlo.
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