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Comentario
Abro los ojos. Estoy recostado en una cama, de espaldas, tapado hasta el pecho. Voy distinguiendo
cosas: paredes de un color verde oscuro, limpias y relucientes. A la izquierda, próxima al rincón,
una puerta con una ventanilla. Detrás de la ventanilla, la noche.
La luz viene de la derecha, de una lámpara con una ampolleta esmerilada. Sin saber por qué su
descubrimiento me produce alivio. Algo hay de poco común en el resto de la pieza. Ni el más leve
rumor altera el aire.
Una persona se aproxima al lecho por la izquierda. Es un hombre joven, de unos treinta años, que
viste uniforme blanco, cerrado hasta el cuello. Alto, delgado, con ojos de penetrante mirar. Lleva la
cabeza descubierta, y su pelo negro contrasta con la blancura de su piel. Sus facciones son correctas,
de rasgos definidos, e irradian una calma desconcertante.
—¿Cómo se siente? —La pregunta, en tono seco, apenas interrumpe el silencio.
—Pues..., no lo sé —respondo, con voz casi inaudible— ¿Qué ha pasado? ¿Dónde estoy?
El hombre arrastra una silla, hasta ahora oculta de mi vista por el velador.
—En una clínica. Ha tenido una intoxicación alcohólica, bastante grave. Whisky falsificado —
replica presto. Habla con un leve acento extranjero, tan leve, que bien podría deberse a la dureza de
su pronunciación—. Estuvo muy mal, pero ya pasó el peligro. Sin embargo, no puede recibir visitas
ni comunicarse con otras personas, mientras el médico no lo permita.
—¿No es usted el médico?
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