 |
|
Comentario
Demenciano II, emperador de Salpicondia, se enamoró. Y se enamoró locamente,
porque un emperador de Salpicondia nunca hace nada de manera normal. Demenciano
paseaba en bicicleta por los pasillos de su palacio de Laxaria cuando decidió asomarse
al balcón. Por el balcón vio un parque, y en el parque, sentada en un banco, a una
muchacha vestida de rojo. Llamó al primer ministro.
-Ministro -dijo-, acabo de enamorarme.
El primer ministro bajó los ojos. No los bajó por vergüenza sino para mirar al
emperador, quien, con bicicleta y todo, no era demasiado alto. Demenciano lo llevó al
balcón y señaló el parque.
-Es esa muchacha vestida de rojo -explicó con un suspiro-. ¿No es hermosa?
Desde esa altura, y a esa distancia, no se veía mucho que digamos. Pero el ministro
respondió:
-Claro que sí, majestad.
-Bien -dijo Demenciano II-. Quiero cortejarla. Esa muchacha vestida de rojo es la futura
emperatriz de Salpicondia, así que te ordeno que la respetes.
-¿Pero ella aceptará, majestad?
-¿Cómo no va a aceptar? En cuanto me vea se enamorará de mí. Desde aquí intuyo su
buen gusto y su inteligencia. ¿No es una mujer excepcional?
El primer ministro no intuía mucho que digamos, pero respondió:
-Claro que sí, majestad.
-Bien, una mujer excepcional, futura emperatriz, merece un regalo excepcional.
El primer ministro tembló y cerró los ojos.
-He pensado en regalarle un puente -dijo Demenciano.
-¿Un puente? -tartamudeó el primer ministro.
-Así es. Un hermoso puente donde podamos pasearnos solos bajo las tres lunas de
Vendavalia. ¿No es romántico?
| |