 |
|
Comentario
Las lunas gemelas acariciaban los rojos desiertos de Marte y la desolada ciudad
de Khua-Loanis. El céfiro nocturno suspiraba por entre las frágiles espiras y susu-
rraba en las desgastadas celosías de los ventanales de los templos vacíos, y el
polvo rojo transformaba a la ciudad en una masa de cobre.
Era ya casi medianoche cuando el distante sonido de cascos al galope llegó a la
ciudad, y pronto los jinetes pasaron atronando por debajo del antiguo portalón.
Tham, Señor de la Guerra de Loanis, llevando a sus perseguidores la escasa ven-
taja de unos veinte metros, se dio cuenta cansadamente de que la distancia se iba
acortando, y espoleó los escamosos costados de su vorkl exápodo con crueles gol-
pes. El fiel animal lanzó un suave grito de desesperación cuando trató de obedecer
y no pudo lograrlo.
Frente a Tharn, sobre la gran silla doble de montar, se hallaba Lehni-tal-Loanis,
Princesa Real de Marte, cabalgando el desmañado animal con natural gracilidad, in-
clinada hacia adelante a lo largo de su arqueado cuello para murmurar rápidas
palabras de ánimo en sus aplastadas orejas. Luego se recostó contra el pecho de
Tharn, recubierto por la cota de mallas, y volvió hacia él su angélico rostro, ardiente
y ruborizado por la emoción de la persecución, con los ojos de color ámbar encen-
didos con el amor que sentía hacia el extraño héroe de más allá del tiempo y del
espacio
| |