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Comentario
Visto desde las ventanas de un hotel de apariencia austera, un cementerio pequeño en el
corazón de una ciudad agitada e indiferente no es nunca motivo de regocijo; y el es-
pectáculo no mejora cuando las lápidas musgosas y el arbolado fúnebre reciben el
refresco ineficaz de una nevada insignificante que no llega a cuajar. Si, además, mientras
la llovizna helada espesa el aire, el calendario señala que la bendita estación primaveral
comenzó hace ya seis semanas, la escena reúne, sin duda, todos los elementos para causar
el abatimiento más profundo. Un 12 de mayo, hace ya más de treinta años, todo esto lo
sentía intensamente una señora asomada a una de las ventanas del mejor hotel del Boston
antiguo. Había pasado allí media hora, aunque intermitentemente, porque de cuando en
cuando se daba la vuelta y recorría la habitación con andares inquietos. En la chimenea,
un fuego al rojo vivo emitía una débil llama azul y, frente al fuego, junto a la mesa, se
sentaba un hombre joven ocupado en manejar el lápiz. Sostenía unas cuantas hojas de
papel, cortadas en pequeñas porciones cuadrangulares y, al parecer, estaba dibujando
figuras extrañas. Trabajaba con rapidez y concentración. A veces echaba hacia atrás la
cabeza y colocaba el dibujo lo más lejos posible; al mismo tiempo tarareaba y silbaba
suavemente en un tono que resultaba muy alegre. La señora lo rozaba al pasar por detrás:
su falda, con muchos adornos, resultaba muy voluminosa. Nunca miraba a los dibujos;
sólo se volvía para contemplarse en un espejo colocado sobre un tocador al otro de la
habitación. Entonces se detenía un momento y se daba un toque a la cintura con las dos
manos, o levantaba los brazos -de curvas suaves y atractivas- hacia el pelo, con un
movimiento mitad caricia y mitad corrección. Un observador atento podría haber ad-
vertido que, durante esos momentos de fugaz observación, su rostro abandonaba el aire
melancólico, pero, tan pronto como se acercaba de nuevo a la ventana, volvía a proclamar
que se estaba aburriendo mucho. Y, a decir verdad, sus ojos encontraban pocas cosas
placenteras. El aguanieve batía los cristales de las ventanas y, abajo, hasta las lápidas del
cementerio parecían mantenerse en posición oblicua para que no les cayera de lleno. Un
alta verja de hierro las separaba de la calle, y al otro lado un grupo de bostonianos se
afanaban entre la nieve semilíquida. Muchos miraban a derecha e izquierda: parecían
esperar algo. De cuando en cuando un extraño vehículo se aproximaba al lugar donde se
encontraban; un vehículo que la señora de la ventana, muy al corriente de las invenciones
humanas, no había visto nunca: un ómnibus enorme, de poca altura, pintado de colores
vivos y adornado al parecer con campanillas tintineantes, que se deslizaba sobre una
especie de muescas en el pavimento, arrastrado -con gran acompañamiento de crujidos,
saltos y chirridos- por una pareja de caballos sorprendentemente pequeños. Cuando
llegaba a un determinado sitio, la gente que esperaba frente al cementerio -en su mayoría
mujeres, con bolsos y paquetes- se abalanzaba en compacta unidad -un movimiento que
recordaba las luchas de los náufragos por conseguir un puesto en los botes salvavidas- y
desaparecían en el amplio interior del ómnibus
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