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LOS GENOCIDAS


 
Comentario
El hijo pródigo Mientras las estrellas más pequeñas y luego las más grandes desaparecían ante el avance de la luz, la imponente masa de la selva que circundaba el maizal retuvo un momento la negrura total de la noche. Desde el lago soplaba una leve brisa que agitaba las hojas del maíz nuevo, pero el follaje de esa oscura selva no se movía. Ahora la muralla de la selva que daba al este lanzaba un resplandor verde grisáceo, y los tres hombres que aguardaban en el campo supieron que el sol había salido, aunque todavía no podían verlo. Anderson escupió, dando comienzo oficial al día de trabajo, y emprendió la marcha subiendo la suave cuesta hacia la muralla oriental de la selva. A cuatro hileras de distancia de cada lado suyo, lo seguían los hijos: a la derecha Neil, el menor y más corpulento; a la izquierda Buddy. Cada hombre llevaba consigo dos baldes de madera vacíos. Ninguno tenía puestos zapatos ni camisa, ya que era pleno verano. Vestían harapientos pantalones de dril. Anderson y Buddy se cubrían con sombreros de ala ancha, tejidos con rafia cruda, parecidos a los que en otra época se vendían en las ferias y parques de diversiones. Neil, que iba sin sombrero, usaba anteojos para el sol. Estos eran viejos, de armazón roto y arreglado con cola y una tira de la misma fibra con que estaban hechos los sombreros. Neil tenía un callo en la nariz, en el sitio donde apoyaba los anteojos. Buddy fue el último en alcanzar la cima de la colina. Allí lo esperaba su padre, sonriendo. La sonrisa de Anderson nunca era buena señal. -¿Sigues dolorido desde ayer? -Estoy bien. Cuando empiezo a trabajar se me pasa el dolor. -Buddy está dolorido porque tiene que trabajar -rió Neil-. ¿No es cierto, Buddy? Era una broma, pero Anderson, cuyo estilo consistía en ser lacónico, jamás celebraba una broma, y Buddy nunca encontraba mucha gracia en los chistes de su medio hermano. -¿No entienden? -preguntó Neil- Dolorido. Buddy está dolorido porque tiene que trabajar. -Todos tenemos que trabajar -comentó Anderson, y eso puso fin al intento de broma. Iniciaron la tarea. Buddy retiró un tarugo de un árbol e introdujo en su lugar un tubo de metal. Bajo el grifo improvisado colgó uno de los baldes. Retirar los tarugos era difícil, ya que hacía una semana que estaban puestos y se habían atascado. La savia, al secarse alrededor del tarugo, se pegaba como si fuera cola. Ese trabajo parecía durar siempre el tiempo suficiente para que se asentara el dolor -en los dedos, las muñecas, los brazos, la espalda-, pero nunca para que amenguara. Antes de que comenzara la terrible labor de trasladar los baldes, Buddy se detuvo a contemplar la savia que goteaba por el caño hasta manar en el balde, como miel verde lima. Esta vez salía despacio. A fines del verano el árbol estaría moribundo, listo para ser derribado. Visto de cerca, no se parecía gran cosa a un árbol. Tenía la superficie lisa, como el tallo de una flor. Un verdadero árbol de ese tamaño habría tenido toda la piel partida bajo la presión de su propio crecimiento, y el tronco cubierto de áspera corteza. Más al fondo de la selva se podían ver árboles grandes que, llegados al límite de su crecimiento, habían comenzado a formar algo semejante a corteza. Por lo menos los troncos, aunque verdes, no eran húmedos al tacto como aquél. Esos árboles -o Plantas, como las llamaba Anderson- tenían doscientos metros de alto, y las hojas más grandes eran del tamaño de pizarrones. Allí, en las orillas del maizal, el brote era más reciente -no más de dos años- y los más altos alcanzaban apenas a cincuenta metros. Aun así, tanto allí como más en lo hondo de la selva, el sol que penetraba el follaje a mediodía era tan pálido como la luna en una noche nublada.
Autor : Disch Thomas
 
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