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Comentario
HEMOS oído expresar más de una vez, la opinión de que una ciencia debe hallarse edificada sobre conceptos
fundamentales, claros y precisamente definidos. En realidad, ninguna ciencia ni aun la más exacta, comienza
por tales definiciones. El verdadero principio de la actividad científica consiste más bien, en la descripción de
fenómenos, que luego son agrupados, ordenados y relacionados entre sí.
Ya en esta descripción se hace inevitable aplicar al material determinadas ideas abstractas, extraídas de
diversos sectores y, desde luego, no únicamente de la observación del nuevo conjunto de fenómenos descrito.
Más imprescindibles aún resultan tales ideas -los ulteriores principios fundamentales de la ciencia- en la
subsiguiente elaboración de la materia. Al principio, han de presentar un cierto grado de indeterminación y es
imposible hablar de una clara delimitación de su contenido. Mientras permanecen en este estado, nos
concertamos sobre su significación por medio de repetidas referencias al material del que parecen derivadas,
pero que en realidad, les es subordinado. Presentan, pues, estrictamente consideradas, el carácter de
convenciones, circunstancia en la que todo depende de que no sean elegidas arbitrariamente sino que se hallen
determinadas por importantes relaciones con la materia empírica, relaciones que creemos adivinar antes de
hacérsenos asequibles su conocimiento y demostración. Sólo después de una más profunda investigación del
campo de fenómenos de que se trate, resulta posible precisar más sus conceptos fundamentales científicos y
modificarlos progresivamente, de manera a extender en gran medida su esfera de aplicación, haciéndolos así
irrebatibles. Éste podrá ser el momento de concretarlos en definiciones. Pero el progreso del conocimiento no
tolera tampoco la inalterabilidad de las definiciones. Como nos lo evidencia el ejemplo de la Física, también
los «conceptos fundamentales» fijados en definiciones experimentan una perpetua modificación de contenido
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