 |
|
Comentario
He aquí el tinglado de la antigua
farsa, la que alivió en posadas aldeanas
el cansancio de los trajinanltes,
la que embobó en las plazas de
humildes lugares a los simples villanos,
la que juntó en ciudades populosas
a los más variados concursos,
como en París sobre el Puente
Nuevo, cuando Tabarín desde su
tablado de feria solicitaba la atención
de todo transeúnte, desde el
espetado doctor que detiene un momento
su docta cabalgadura para
desarrugar por un instante la frente,
siempre cargada de graves pensamientos,
al escuchar algún donaire
de la alegre farsa, hasta el pícaro
hampón, que allí divierte sus ocios
horas y horas, engañando al hambre
con la risa; y el prelado y la
dama de calidad, y el gran señor
desde sus carrozas, como la moza
alegre y el soldado, y el mercader
y el estudiante. Gente de toda condición,
que en ningún otro lugar se
hubiera reunido, comunicábase allí
su regocijo, que muchas veces, más
que de la farsa, reía el grave de ver
reír al risueño, y el sabio al bobo,
y los pobretes de ver reír a los grandes
señores, ceñudos de ordinario,
y los grandes de ver reír a los pobretes,
tranquilizada su conciencia
con pensar: ¡también los pobres
ríen! Que nada prende tan pronto
de unas almas en otras como esta
simpatía de la risa. Alguna vez, también
subió la farsa a palacios de
príncipes, altísimos señores, por humorada
de sus dueños, y no fue allí
menos libre y despreocupada. Fue
de todos y para todos.
|
| Autor : Benavente Jacinto |
| |
| |