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Comentario
Durante un lapso de tiempo relativamente largo -la densa duración de un invierno
londinense, animado (si es que puede usarse esta palabra) por fogonazos y fulgores
eléctricos, por tétricas «incandescencias» eléctricas- se encontraron una y otra vez en una
cervecería no muy exquisita, una fonda situada en los aledaños del Strand. Siempre
hablaban de la «fonda» y de «la hora de la pitanza», que podía ser cualquiera entre la una
y las cuatro de la tarde. Siempre hablaban de casi todo, incluso de lo más elevado, de un
modo que reflejaba con exactitud -o al menos eso, con respecto a sus circunstancias
vitales, pretendían- su distanciamiento, su desdén, su ironía generalizada. Una ironía
generalizada que se esforzaban por hacer festiva, cuando menos para ellos mismos, y que
en realidad les servía de refugio para la falta de sabor, la falta de servilletas, la falta -harto
frecuente- de dinero, y de tantas otras cosas de las que les hubiera gustado gozar. Casi lo
único que poseían con toda certeza era su juventud, completa, admirable, poco menos que
invulnerable, o, hasta el momento, inatacable; pero no tenían en cuenta su propio talento,
que en un principio habían dado por supuesto y después ya no se habían cuestionado por
falta de libertad de espíritu, así como ciertamente por alguna razón de tipo ofensivo para
hacerlo. Se afanaban en otras cuestiones y en otros cálculos: los asombrosos límites, por
ejemplo, de su suerte, o la asombrosa exigüidad del talento de sus amigos. Pero, ante
todo, se encontraban en esa fase de la juventud y en ese punto de sus aspiraciones en que
el tema de referencia más frecuente es la «suerte», algo tan claro como el agua, o un
modo elegante de designar el dinero en gente cuyo refinamiento rivaliza con la carencia
de recursos. Porque ella no era más que una joven de las afueras tocada con un canotier, y
él un joven desprovisto, en puridad, de justificación para lucir una chistera. Tenían,
empero, la sensación de poder gozar, en cierto modo, de la libertad de la ciudad, y la
ciudad, aunque sólo hiciera eso, al menos ensanchaba el horizonte del espíritu. Cuando, a
veces, se veían forzados a aventurarse fuera del Strand, quejándose de esta obligación
profesional, la curiosidad que los acompañaba al regreso era casi siempre mayor que
cualquier otra, porque para ellos esa calle -con su alternativa: la más espaciosa Fleet
Street- representaba, de manera abrumadora, a los periódicos, y los periódicos
constituían, sobre poco más o menos, todo el mobiliario de su conciencia
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