 |
|
Comentario
Embarqué a bordo del Mortzestus en Frisco. Antes de firmar el contrato, había oído decir
que los marineros contaban cosas raras sobre ese barco. Pero me encontraba como varado
y tenía demasiada prisa por embarcar, no iba a preocuparme de aquellas cuchufletas. En
conjunto, por lo que hace a comer bien y dormir bien, podía pasar. Y cuando les pedía a los
tíos que precisasen, en general no eran capaces de hacerlo. Sólo sabían decir que aquel barco
tenía mal fario, que había hecho travesías sin encontrar más que temporales, y siempre le
tocaba mala mar. Había perdido dos veces la arboladura y se le había desarmado la carga.
Además, le habían ocurrido una serie de accidentes que pueden pasar en cualquier barco,
aunque no tienen nada de agradable. Sin embargo, todo eso eran cosas normales, y estaba
dispuesto a correr esos riesgos con tal de poder volver a casa. Con todo, de haber sido
posible, hubiera preferido embarcar en algún otro buque.
Cuando dejé mis trastos, comprobé que la tripulación estaba completa. Hay que tener en
cuenta que al llegar a Frisco se habían despedido todos los tíos que iban a bordo, vamos,
todos menos un chaval, un londinense que se había quedado. Cuando le conocí me dijo en
seguida que tenía intención de cobrar la paga, aunque los demás no lo lograsen.
La primera noche que pasé a bordo pude constatar que entre los tripulantes era corriente
hablar de lo que podía tener de raro el barco. Charlaban de eso dándolo como por supuesto:
tenía duendes. Pero todo se lo tomaban a risa. Todos, menos el chaval de Londres -Williams-,
que en lugar de reírles las gracias parecía tomarse la cosa en serio.
| |