 |
|
Comentario
La tarde del día 9 de septiembre fue como tantas otras. Ninguna
de las personas afectadas por los acontecimientos de aquel día
pudo alegar haber abrigado algún presentimiento anunciador de
una inminente desgracia. (Con la excepción de la señora Packer,
domiciliada en Wilbraham Crescent, número 47, quien
especializada en toda clase de presagios, describió con mucha
posterioridad a los acontecimientos, las inquietudes y
preocupaciones que habíanla asaltado. Ahora bien, la señora
Packer, ocupante, quedaba tan apartada del 19, y se hallaba tan
escasamente ligada al suceso ocurrido en esta última casa, que no
tenía por qué haberse sentido asaltada por presentimiento de
ningún tipo.)
En el
Cavendish Secretarial & Typewriting Bureau,
cuya directora
era la señorita K. Martindale, el día 9 había ido desarrollándose al
ritmo de tantos otros, resultando una rutinaria jornada más. Sonaba
de vez en cuando el teléfono, trabajaban las chicas en sus
máquinas respectivas y la labor, en general, venía siendo sostenida,
sin excesos, ni por encima ni por debajo de otros muchos días
anteriores. Ninguna de las tareas que se llevaban entre manos era
tampoco particularmente interesante; hasta las dos y treinta y cinco
minutos de la tarde del día 9 de septiembre hubiera podido juzgarse
una jornada más que iba a pasar sin pena ni gloria.
A las dos y treinta y cinco minutos sonó el zumbido del
intercomunicador. Llamaba la señorita Martindale y Edna Brent, en
la oficina exterior, se apresuró a contestar. Su voz sonaba
ligeramente nasal y un tanto confusa porque al mismo tiempo se
paseaba un caramelo a lo largo de la mandíbula.
—Diga, señorita Martindale...
| |