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Comentario
El 16 de septiembre del año de gracia de 1962 las cosas iban poco más o menos
como siempre, si bien algo peor. La guerra fría que había crecido y decrecido para
volver a crecer y decrecer entre los Estados Unidos y la Alianza Oriental (Rusia,
China y sus respectivos satélites) estaba más caliente que nunca. La guerra, la
guerra ardiente, parecía no sólo inevitable sino de una inminencia aterradora.
La carrera por alcanzar la Luna era una de sus causas inmediatas. Cada nación
había depositado a algunos hombres sobre su superficie y cada una de ellas la
reivindicaba. Ambas naciones comprobaron que los cohetes enviados desde la
Tierra no bastaban para permitir que se estableciese allí una base permanente, y
que sólo el establecimiento por la fuerza de una base permanente en la Luna
decidiría su posesión. Y por lo tanto ambas naciones (por razones de comodidad
daremos a la Alianza Oriental el nombre de nación, aunque exactamente no lo era)
apresuraron la construcción de una estación del espacio que debería ser puesta en
órbita alrededor de la Tierra
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