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Comentario
Nick Reid salió de la redacción del periódico a la desierta calle de Manchester, y se
preguntó qué le recordaba aquel silencio. Inhaló una bocanada del aire fresco matinal y se
desperezó, dando un respingo a causa de las magulladuras conseguidas además del
reportaje. Sonaba insistentemente un teléfono en una oficina situada sobre Deansgate; un
solitario automóvil avanzaba entre los populares almacenes de Piccadilly, ahuyentando de
la calzada a las palomas, que emprendieron el vuelo hacia las cornisas de las ventanas.
Nick se pasó los dedos por su ondulado cabello y trató de no pensar en el silencio. No
podía ser importante ponerse a rememorar; lo único que quería era despejarse lo suficiente
para conducir hasta su casa y luego echarse a dormir. Alzó la mirada a los últimos rayos
solares que arañaban los inclinados tejados a través de una brecha abierta en las nubes que
empujaban la tormenta hacia los Peaks. Entonces recuperó la memoria, como si le saltara a
la nuca dolorida
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