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Comentario
Sentía un dolor sordo, una especie de vacío localizado más o menos allí donde estaba
su hígado - la sede de la inteligencia según la Psicología de Aristóteles -, la vaga
sensación de que había alguien dentro de su pecho y de que estaba hinchando un
globo, o de que su cuerpo era ese globo. Estaba atrapado en aquel pupitre, y el globo le
mantenía unido a él como si fuera un ancla. Era una encía hinchada que debía tocar
una y otra vez con su lengua o con un dedo y, sin embargo, la sensación era distinta a
la de estar enfermo. No había ningún nombre para ella.
El profesor Ohrengold les estaba hablando de Dante. Bla, bla, bla, nació en 1265. 1265,
escribió en su cuaderno.
Las piernas le dolían porque llevaba una eternidad sentado en aquel banco, eso sí
estaba claro.
Y Milly... Milly marcaba el límite máximo de la claridad y la precisión. «Puede que me
muera - pensó (aunque no era exactamente pensar) -. Tengo el corazón destrozado, y
quizá acabe muriendo de eso.»
El profesor Ohrengold se convirtió en una imagen borrosa. Birdie estiró las piernas
sacándolas al pasillo, juntó las rodillas y tensó los músculos. Bostezó.
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