 |
|
Comentario
EL panorama que se domina desde la terraza de Saint-Germain-en-Laye
1
es tan
célebre como inmenso. Ante uno, en medio de una vastedad umbría, se extiende París,
salpicado de cúpulas y fortificaciones que destellan entre claros vapores, ceñido por el Sena
de plata. A la espalda hay un parque de majestuosa simetría y más atrás aún un bosque donde
se puede pasear ociosamente por avenidas cubiertas de césped y calveros hasta los que se
filtra irregularmente la luz. Allí es posible olvidarse completamente de que los bulevares
están a media hora de camino. Sin embargo, una tarde de mediados de primavera, hará unos
cinco años, un joven que se hallaba sentado en la terraza decidió no olvidarlo. Tenía la vista
puesta, con languidez soñadora, en la poderosa colmena humana que ante él se extendía. Le
gustaban las cosas del campo y había acudido a Saint-Germain la semana anterior
encontrándose con la primavera en el centro de su recorrido; mas, si bien podía hacer gala de
conocer la gran ciudad desde hacía seis meses, jamás la contemplaba desde el punto de
observación en que entonces se hallaba sin experimentar una dolorosa sensación de
curiosidad insatisfecha. Había momentos en los que le parecía que no encontrarse allí
precisamente entonces significaba perderse un fascinante capítulo de la experiencia. Y sin
embargo, su experiencia de aquel invierno había sido más bien infructuosa, un capítulo de su
vida que había cerrado casi con un bostezo. Aunque no tenía nada de cínico, era lo que se
puede denominar un observador perpetuamente decepcionado. Jamás escogía el camino de la
derecha sin empezar a sospechar cuando llevaba una hora paseando que el que tenía interés
era el camino de la izquierda. Ahora ardía en deseos de ir a París y pasar allí el final de la
tarde; ir a cenar al Café Brébant y acudir después al Gymnase y allí escuchar la última
disertación sobre los deberes del marido injuriado. Seguramente se habría puesto en pie para
llevar a cabo aquel proyecto, de no ser porque se fijó en una niña que estaba dando vueltas
por la terraza y que de pronto se paró en seco delante de él y se le quedó mirando con toda
naturalidad y con los ojos muy abiertos. Al principio lo encontró sencillamente divertido pues
el rostro de la niña denotaba un asombro desamparado; un momento después se sintió agrada-
blemente sorprendido.
| |