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Comentario
Nniv no acudió a recibir la nave estelar de Mikal. En cambio, esperó en la Casa del
Canto, construida de piedra irregular, escuchando la canción de las paredes, el susurro
del centenar de jóvenes voces en las Cámaras y las Celdas, el frío ritmo de las corrientes
de aire. Había pocas personas en la galaxia que se atrevieran a intentar que Mikal fuera
hasta ellos. Nniv, sin embargo, no era atrevido. No se le ocurría pensar que el Maestro
Cantor tuviera que ir a recibir a nadie.
Fuera de los muros de la Casa del Canto, el resto de los habitantes del planeta Tew no
estaban tan tranquilos. Cuando la nave de Mikal lanzó sus salvajes impulsos de energía
sobre el campo de aterrizaje y se posó firme y delicadamente en el suelo, había miles de
personas esperando para verle. Podría haber sido un líder bienamado que fuera a oír las
bandas de música y las aclamaciones de la multitud que llenaba el campo de aterrizaje.
Podría haber sido un héroe nacional, con flores extendidas a su paso y dignatarios
inclinándose con un saludo y esforzándose por enfrentarse a una situación para la que, en
Tew, aún no habían dispuesto ningún protocolo.
Pero el verdadero motivo de las ceremonias y la adoración externa no era el amor, sino
un incómodo recuerdo del hecho de que Tew había tardado en someterse a la Disciplina
de Frey. Los embajadores de Tew habían jugado ante otros mundos con los planes y las
alianzas para formar una resistencia patética y última al conquistador más irresistible de la
historia. Ninguno de los planes sirvió de nada. Numerosas alianzas y naciones de las más
poderosas habían fracasado y ahora, cuando las naves de Mikal aparecían, ningún
mundo interior se resistía; no estaba permitido mostrar ninguna hostilidad.
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