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Comentario
La primera mañana que papá se marchó, traté de montarme en una
de las mulas. No creí que hubiera ningún mal en ello, ya que las
mulas no estaban ensilladas. Pero Maude se lo dijo a mamá, y mamá
me dio una paliza. Mamá estaba en el carro y no me hubiera visto. Le
dije a Maude que me acordaría.
Papá se marchó a eso de las seis, mientras mamá estaba aún
durmiendo.
—Vas en busca de carne? —le pregunté.
Llevaba su rifle. Papá asintió.
—No puedo ir contigo?
—Quédate con mamá, hijo —me contestó. No está muy bien.
—Dijiste que me llevarías a cazar...
—Quédate con mamá, hijo.
Maude se levantó unos minutos después. Aún se veía a papá, que
semejaba un puntito negro en la pradera. Se lo señalé a Maude. Le
dije:
—Mira, por allí va papá. Ha ido de caza.
Maude se estaba peinando y no me prestaba la menor atención.
Entonces traté de montarme en la mula. Papá nunca me dejaba
montar en su caballo. Había pagado por él cuatrocientos dólares.
Mamá decía siempre que podríamos vivir un año con lo que había
costado aquel caballo.
Maude despertó a mamá. Mamá era una mujer alta y delgada, con un
eterno aire de fatiga. No se encontraba bien. Se veía en seguida que
no se encontraba bien.
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