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Comentario
Más delgado —susurró el viejo gitano de nariz macilenta a William Halleck,
mientras éste y su esposa, Heidi, salían del juzgado.
Sólo una palabra, emitida con su aliento dulzón y empalagoso.
—Más delgado.
Y antes de que Halleck pudiera apartarse, el viejo gitano alargó la mano y
acarició su mejilla con un dedo contrahecho. Sus labios se ofrecían abiertos como una
herida, mostrando unos pocos dientes que sobresalían de sus encías. Eran verdes y
negruzcos. Su lengua se retorció entre ellos y luego se deslizó por sus sonrientes y
amargos labios.
—Más delgado.
Este recuerdo asaltó a Billy Halleck, oportunamente, mientras se hallaba de pie
en la balanza, a las siete de la mañana, con una toalla enrollada a la cintura. El aroma
de los huevos con tocino llegaba desde el piso de abajo. Tuvo que inclinarse
levemente hacia delante para leer los números. Bueno..., en realidad, tuvo que
inclinarse hacia delante algo más que levemente. En realidad, se inclinó más de la
cuenta. Era un hombre gordo. Demasiado grueso, como al doctor Houston le gustaba
decir.
Por si alguien no te lo dice, permíteme informarte —le había dicho Houston
después de su último chequeo—. Un hombre de tu edad, ingresos y hábitos entra en
el club del infarto, más o menos, a los treinta y ocho años, Billy. Tienes que perder
algo de peso
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