 |
|
Comentario
El Streaker se arrastra como un perro en tres patas.
Ayer nos arriesgamos a efectuar un salto hipermultiplicado para poner cierta distancia
entre nosotros y los galácticos lanzados en nuestra persecución. La única bobina que había
sobrevivido a la batalla de Morgran no ha dejado de gemir y protestar pero, finalmente, ha
decidido soltarnos aquí, en el pozo de baja gravedad de una enana de población-II llamada
Kthsemenee.
La Biblioteca indica un único mundo habitable en órbita: el planeta Kithrup.
Y soy indulgente al calificarlo de habitable... Tom, Hikahi y yo misma, estuvimos varias
horas discutiendo con el comandante para intentar encontrar una solución alternativa pero, a
fin de cuentas, Creideiki no ha podido hacer otra cosa que traernos hasta aquí.
Como médico, he de temer los insidiosos peligros que alberga el planeta; pero Kithrup es
un mundo acuático y nuestra tripulación, que está casi completamente formada por delfines,
necesita agua para poder moverse alrededor del navio y repararlo. Por otro lado, la riqueza de
este mundo en metales pesados debería permitirnos encontrar en él las materias primas que
tanto necesitamos.
Kithrup tiene, además, la ventaja de estar apartado de las rutas interestelares
frecuentadas. La Biblioteca añade que es un erial desde hace mucho tiempo. Quizás a los
galácticos no les pase por la cabeza la idea de venir a buscarnos.
Eso es precisamente lo que le decía a Tom ayer por la tarde cuando, a través de una
portilla del salón, mirábamos crecer el disco de este planeta de equívoca belleza: una esfera
azulada rodeada de nubes blancas y cuya cara oscura se vislumbraba en ciertos lugares
iluminada por la rojiza luz de los volcanes y el resplandor de los relámpagos.
Le expresaba a Tom mi certidumbre de que no seríamos perseguidos y, al mismo tiempo
que formulaba con seguridad aquella predicción, me sentía persuadida de que nunca podría
engañar a nadie. Con una infinita tolerancia frente a mi acceso de optimismo, Tom se
contentó con sonreír en silencio.
Y todo porque, naturalmente, ellos no faltarán a la cita. Sólo hay treinta y seis rutas
espaciales que el Streaker podía seguir sin utilizar un punto de transferencia. El único
problema reside en saber si las reparaciones de la nave terminarán a tiempo para que podamos
marcharnos de aquí antes de que los galácticos nos caigan encima.
Como Tom y yo disponíamos de unas cuantas horas para nosotros mismos —las
primeras en muchos días—, volvimos a nuestro camarote para hacer el amor.
Tom duerme ahora, y aprovecho su descanso para escribir estas notas. No sé si tendré
ocasión de hacerlo más adelante.
El capitán Creideiki acaba de llamarnos. Desea que los dos estemos presentes en el
puente, supongo que al objeto de que los fines puedan vernos y sepan así que sus tutores
humanos están junto a ellos. Incluso un competente delfín espacial como Creideiki, siente de
vez en cuando esa necesidad.
¡Oh, si los humanos tuviéramos la posibilidad de refugiarnos en un regazo psicológico
parecido!
| |