 |
|
Comentario
Bosch miró a través de la ventanita cuadrada y vio que el hombre estaba solo en la celda.
Se sacó la pistola de la cartuchera y se la entregó al sargento de guardia. Procedimiento
habitual. La puerta de acero se abrió y el olor a sudor y vómito invadió los orificios nasales de
Bosch.
—¿Cuánto tiempo lleva aquí?
—Unas tres horas —dijo el sargento—. Ha dado uno con ocho, así que no sé qué va a
sacarle.
Bosch entró en el calabozo y fijó la mirada en el bulto tirado boca abajo en el suelo.
—Muy bien, puedes cerrar.
—Ya me avisará.
La puerta corredera se cerró con un golpetazo discordante y una sacudida. El hombre del
suelo se quejó, pero apenas llegó a moverse. Bosch se acercó y tomó asiento en el banco más
próximo al borracho. Sacó la grabadora del bolsillo de la chaqueta y la dejó a su lado. Al mirar
hacia la ventanita vio que el rostro del sargento retrocedía. Tocó el costado del hombre con la
puntera del zapato. El hombre volvió a gruñir.
—Levántate, desgraciado.
El hombre del suelo giró lentamente la cabeza y luego la levantó. Tenía el pelo salpicado de
pintura y el vómito se había solidificado en el cuello y la pechera de la camisa. Abrió los ojos,
pero de inmediato volvió a cerrarlos al notar la cruda luz cenital del calabozo. Habló en un
susurro ronco.
—Otra vez tú.
Bosch asintió.
—Eso es.
—Nuestra cita.
Una sonrisa se abrió paso entre la barba de tres días del rostro del borracho. Bosch advirtió
que le faltaba un diente más que la última vez. Se agachó y puso la mano sobre la grabadora,
pero no llegó a encenderla.
—Levántate, es hora de hablar.
—Olvídalo, tío. No quiero...
—Te estás quedando sin tiempo. Habla conmigo.
—Déjame en paz de una puta vez.
Bosch levantó la mirada hacia la ventanita. No había nadie. Volvió a mirar al hombre
acostado en el suelo.
—Tu salvación está en la verdad. Ahora más que nunca. No podré ayudarte si no me
cuentas la verdad.
—¿Ahora eres cura? ¿Has venido a escuchar mi confesión?
—¿Tú has venido a confesarte?
El hombre del suelo no dijo nada. Después de un rato, Bosch pensó que a lo mejor se había
quedado dormido otra vez. Volvió a empujarlo con la puntera del zapato en los riñones. El
hombre empezó a moverse, agitando brazos y piernas.
| |