 |
|
Comentario
A una alusión a una señora que yo no conocía, pero que era conocida por dos o tres de los que estaban
conmigo, uno de éstos preguntó si sabíamos la extraña circunstancia que motivaba su «venida», el golpe de
fortuna en el atardecer de la carrera de una persona tan oscura y solitaria. De momento, en nuestra ignorancia,
quedamos reducidos a la simple envidia; pero la anciana Lady Emma, que desde hacía rato no decía nada y que
aparecía para escuchar unas palabras de la conversación y se iba, que estaba sencillamente al margen de la
charla, volvió de su ausencia mental para observar que si lo que le había sucedido a Lavinia era maravilloso,
ciertamente, lo que había pasado antes, durante años, lo que había llevado a ello, era igualmente curioso y
singular. Nos dimos cuenta de que Lady Emma disponía de una historia superior al somero conocimiento que
cualquiera de sus oyentes pudiera tener de la apacible persona objeto de la conversación. Casi lo más extraño
-como supimos después- era que aquella situación hubiera quedado sumergida tan en el fondo de la vida de
Lavinia. Por «después» quiero decir, sencillamente, antes de separarnos, porque lo que se supo, se supo a
continuación, por estímulo y presión, por nuestra insistencia. Lady Emma, que siempre me recordaba un
instrumento musical, antiguo y de gran calidad, que hay que afinar antes de tocar, convino -tras hacerse rogar
un rato- en que, dado que ya había dicho tanto, no había razón alguna para abstenerse de contarlo todo sin que
su reserva fuera causa de tormento para nosotros, encendida ya nuestra curiosidad. Lady Emma había conocido
a Lavinia, a la que mencionó siempre sólo por el nombre, hacía ya mucho tiempo; y había conocido también a...
Pero lo que ella sabía debo contarlo como nos lo contó, en la medida en que esto sea posible. Nos habló desde
un extremo del sofá, y el reflejo de las llamas de la chimenea en su rostro era como el resplandor de la
memoria, un juego de fantasía, que emergía de su interior
| |