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Comentario
Alba, una muchacha de catorce años, virgen y morena, regresaba del huerto de su
casa con un cestillo de higos negros, de cuello largo, cuando se detuvo para reprender a
dos chicos que pegaban a otro y le hacían caer en la alberca de la esclusa, y les dijo:
–¿Qué os ha hecho?
Y ellos le contestaron:
–No lo queremos con nosotros, porque es negro.
–¿Y si se ahoga?
Y ellos se alzaron de hombros, ya que eran dos muchachos formados en un ambiente
cruel, con prejuicios.
(2) Y entonces, cuando Alba dejaba el cestillo para lanzarse al agua sin ni siquiera
quitarse la ropa, puesto que tan sólo llevaba unos shorts y una blusa sobre la piel, el cielo
y la tierra empezaron a vibrar con una especie de trepidación sorda que se iba
acentuando, y uno de los chicos, que había alzado la cabeza, dijo:
–¡Mirad!
Los tres pudieron ver una gran formación de aparatos que se desplegaban lentamente
desde la lejanía, y eran tantos que cubrían el horizonte. El otro chico dijo:
–¡Son platillos volantes, tú!
(3) Y Alba miró aún un momento hacia los extraños objetos ovalados y planos que
avanzaban con rapidez hacia el pueblo mientras el temblor de la tierra y del aire
aumentaba y el ruido crecía, pero pensó de nuevo en el hijo de su vecina Margarida,
Dídac, que había desaparecido en las profundidades de la esclusa, y se lanzó de cabeza
al agua, dejando atrás a los chicos, que se habían olvidado totalmente de su acción y
ahora decían:
–¡Mira como brillan! ¡Parecen de fuego!
(4) Y dentro del agua, cuando ya nadaba hacia las profundidades, Alba se sintió como
arrastrada por la potencia de un movimiento interior que quería llevársela de nuevo hacia
la superficie; pero luchó enérgicamente y con todo su brío contra las olas y los remolinos,
que alteraban la calma habitual de la alberca, y braceó con esfuerzo para acercarse al
lugar donde había visto desaparecer a Dídac.
Otra conmoción del agua, más intensa, la apartó de la ribera sin vencerla, puesto que
ella le opuso toda su voluntad y los recursos de su destreza y, por debajo del vórtice que
estaba a punto de dominarla, se sumergió aún más y nadó hacia las lianas que
aprisionaban al chico.
(5) Y sin tocar tierra, ahora en un agua que se había calmado repentinamente, arrancó
a Dídac de las plantas trepadoras, entre cuyos zarcillos otros niños habían hallado la
muerte, y sin que él le diera ningún trabajo, puesto que había perdido el conocimiento, lo
arrastró con una mano, mientras con la otra y las piernas abría un surco hacia la
superficie, donde su contenida respiración estalló, como una burbuja horadada, antes de
seguir nadando hacia allí donde la ribera descendía al nivel del agua.
Encaramándose ella e izando el exánime cuerpo del chico, aún tuvo tiempo de ver
como la nube de aparatos desaparecía por el horizonte de levante
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| Autor : De Pedrolo Manuel |
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