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Comentario
No hace mucho que, hallándome a comer en casa de un amigo, después que sirvieron otros
platos confortables, hizo su entrada triunfal el clásico pavo, de rigor durante las Pascuas en toda
mesa que se respeta un poco y que tiene en algo las antiguas tradiciones y las costumbres de
nuestro país.
Ninguno de los presentes al convite, incluso el anfitrión, éramos muy fuertes en el arte de
trinchar, razón por la que mentalmente todos debimos coincidir en el elogio del uso
últimamente establecido de servir las aves trinchadas. Pero como sea por respeto al rigorismo
de la ceremonia que en estas solemnidades y para dar a conocer sin que quede género alguno de
duda que el pavo es pavo, parece exigir que éste salga a la liza en una pieza; sea por un
involuntario olvido o por otra causa que no es del caso averiguar, el animalito en cuestión
estaba allí íntegro y pidiendo a voces un cuchillo que lo destrozase; me decidí a hacerlo, y
poniendo mi esperanza en Dios y mi memoria en el Compendio de la Urbanidad que estudié en
el colegio donde, entre otras cosas no menos útiles, me enseñaron algo de este difícil arte,
empuñé el trinchante en la una mano, blandí el acero con la otra, y a salga lo que saliere, le tiré
un golpe furibundo.
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| Autor : Becquer Gustavo A. |
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