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Comentario
Las batallas de los pueblos de América por liberarse de la opresión de
sus gobiernos, casi todos al servicio de los Estados Unidos de
Norteamérica (EEUU), han estado presentes a lo largo del siglo XX y en
estos primeros años del XXI; aunque en la realidad, en las tres últimas
décadas, después de casi un siglo de dominio mundial, los EEUU han
estado viendo surgir la competencia económica del Mercado Común
Europeo y el Japón, pero también de la Organización de Países
Exportadores de Petróleo (OPEP) y de China. Acostumbrados a actuar
como policía internacional, imponiendo a los gobiernos dependientes sus
determinaciones, los Estados Unidos ven crecer hoy, no solo a países
poderosos que le compiten en la batalla por el dominio mundial, sino que
también a un movimiento desde abajo dispuesto a enfrentar sus políticas
de expoliación.
En los últimos meses -con el pretexto del atentado en Nueva York y
Washington- el gobierno imperialista de George Bush se ha dedicado a
amenazar con invasiones, bombardeos aéreos y con el uso de armas
nucleares a todos aquellos países, como Irak, Irán, Libia, Palestina, China,
Cuba, Venezuela y otros, que se han negado a apoyar sus acciones de guerra e, incluso, las
han condenado. El guerrerista Bush representa un peligro mundial porque en cualquier
momento, ante un arranque de histeria, puede apretar el botón que lleve a una conflagración
mundial. Los pueblos del mundo deben evitar esas aventuras salvajemente agresivas de
Bush y sus socios como Sharon, Blair, Berrusconi y Aznar. Aunque también debe frenarse
la militarización, que bajo la estrategia del Pentágono yanqui, se está imponiendo en
muchos países del mundo, particularmente en Latinoamérica
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