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Comentario
Pero nosotros no somos malarkianos! —Las manos del Secretario de Comercio
Munsford se agitaron impacientemente, pero su gesto se perdió en el inmenso despacho.
El funcionario sentado tras el escritorio observó a Munsford y al Secretario de
Asuntos Interplanetarios.
—Los malarkianos siempre gastan este tipo de bromas —dijo.
El Secretario de Comercio se envaró rígidamente y adoptó una expresión de ultrajada
dignidad que encajaba perfectamente con sus escasos cabellos grises.
—No se trata de ninguna broma, señor.
—Nosotros somos solarianos —explicó Bradley Edgerton, con una legítima irritación
—. Para ser más exactos, somos...
—Para mí, tienen ustedes aspecto de malarkianos —gruñó el funcionario sin mover
un pulgar, mientras que un peso apoyado sobre su escritorio comenzaba a levitar y luego caía
pesadamente por sí mismo sobre la mesa como para rubricar su escepticismo.
Los humanos se esforzaron en no mirar. Aquel personaje estaba lleno de cosas
extrañas como aquella.
—Para ser más exactos —puntualizó obstinadamente el Secretario de Asuntos
Interplanetarios—, somos solcensirianos, que es el nombre compuesto por el cual
designamos los tres sistemas que habitamos: Sol, Centauro y Sirio. Hasta estos últimos
tiempos, ignorábamos completamente la existencia de la Gran Comunidad Galáctica.
El funcionario se echó atrás en su sillón, y sus protuberantes ojos facetados se
clavaron en la pared opuesta. Una de las excrecencias en forma de zarcillo sobre su frente se
estremeció. Era una orden. Inmediatamente, un ayudante se materializó junto al escritorio.
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