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Comentario
Noviembre llegó de nuevo y los bosques de las afueras de Londres daba gusto verlos,
y la ciudad se había sacudido de encima el manto gris que suele llevar en esa estación.
El salón del club en donde nos sentamos después de almorzar estaba casi a oscuras;
las cortinas que cubrían la única ventana parecían increíbles masas de sombras.
Estábamos hablando del misterio de Oriente. En realidad hablábamos de algo más que
de misterio; pues uno que lo había encontrado en Port Said, otro en Aden, un tercero
que creía haberlo visto en Kilindini, y un coleccionista de mariposas que lo había
encontrado por toda la India, estaban contando historias de pura magia. Es mi
intención, al relatar las historias que escucho en el club, consignar únicamente aquellas
que sabemos que son verídicas y que a la vez me parecen interesantes; pero ninguna
de aquellas historias de magia cumplía dichas condiciones, y por tanto no las volveré a
contar; no obstante las menciono porque poco a poco lograron despertar a Jorkens,
que daba la casualidad de que se había dormido, y le extrajeron lo que yo considero
una interesante afirmación
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