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Comentario
El niño se fue alejando de la pared blanca de la cantera de pizarra. La tarde iba
llegando a su fin y ya había empezado a oscurecer. Su silueta se fue deslizando
lentamente hacia las sombras verdes de la acumulación de maleza y arbolillos que
llenaba el centro de aquella vieja fosa. El borde de la cantera se alzaba sobre él, una
línea oscura salpicada de árboles que se recortaban contra el cielo cada vez más
negro. Podía oír una voz que llegaba de allí arriba. Su madre se estaba acercando al
borde de la fosa, y no tardaría en descubrirle. El niño comprendió que tenía que
encontrar un escondite.
Se internó un poco más en la espesura reptando por entre las masas de arbustos
espinosos y los macizos de tojos y aulagas, y se fue confundiendo con el verdor. Su
cuerpo recubierto de pizarra fue engullido por las hojas y la corteza, y su lento y
sinuoso avance por los senderos que había ido creando a lo largo de los años hizo que
no tardara en desaparecer.
Volvió a oír su nombre. Su madre ya estaba muy cerca de la fosa. Parecía un poco
nerviosa, y el anochecer callado y sin viento hacía que su voz sonase lejana pero muy
clara.
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