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Comentario
Hay sólo unos 200 kilómetros desde Cuzco, la segunda ciudad de Perú, antigua capital de los
incas, a la ciudad de Abancay, pero la carretera era tan mala que mi viaje en un "Toyota" todo
terreno me llevó no menos de diez horas. Abancay es una ciudad fronteriza, en lo más recóndi-
to de los Andes. Los soldados vigilan las entradas. Sus habitantes prefieren conducir automóvi-
les tipo jeep o comprar camionetas, si es que pueden permitirse tener algún vehículo. Ünica-
mente un puñado de calles están pavimentadas; la mayor parte son poco más que senderos de
tierra.
El edificio que iba buscando estaba justamente al otro lado de estas calles. La pared que lo
rodeaba estaba dividida por una imponente entrada. Al otro lado de la pared divisé una piscina
y elegantes macizos de flores. Manaban dos fuentes; una de ellas caía sobre un estanque con
peces de colores. Visité una de las dos capillas que había en el jardín. Detrás del altar, situado
en una trabajada estructura de oro, había un cuadro de la Sagrada Familia: María y José ense-
ñando a andar al Niño Jesús. La pintura era de estilo cuzqueño, derivado del arte que los con-
quistadores españoles llevaron a Perú en el siglo XVI. El contraste entre el mundo en el que
había penetrado al cruzar el arco de la entrada y el mundo exterior a lo largo del sendero de
tierra, difícilmente hubiera podido ser mayor. Esto parecía la hacienda de un rico propietario.
De hecho, era el seminario el lugar donde se formaban los aspirantes a sacerdotes
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