 |
|
Comentario
La mina, hablando de un modo general, funcionaba automáticamente. La componían
equipos que valían unos ciento ochenta millones de dólares, y se extendía por
aproximadamente tres millas cúbicas y media de mineral aurífero —granito y cuarzo—,
totalmente controlados por medio de un sencillo panel de mandos ante el que se sentaba
el ingeniero de servicio.
Como un organismo macizo de múltiples objetivos, la instalación minera funcionaba en
la roca a través de las diferentes capas. En variados niveles roía el mineral aurífero,
reduciéndolo a trozos del tamaño de guijarros y enviándolos, por medio de vagonetas,
hacia las instalaciones de la superficie, que se encontraban seiscientos pies más arriba. A
medida que la maquinaria de la mina se desplazaba, creaba, para abandonar
posteriormente, pozos que conducían a la superficie, tubos elevadores, nuevos niveles y
gradas de exploración; y extendía la amplia caverna central hacia la que la pesada
maquinaria y su panel de control se deslizaban junto con el trabajo en curso, instalando
raíles por delante de su marcha y retirándolos al pasar.
Un único ingeniero de servicio controlaba todo aquello. Pero una cierta dosis de
megalomanía no podía causar ningún perjuicio al trabajo. Estaba sentado ante el panel de
mandos lo mismo que la personalidad ante el cerebro. Todo su trabajo consistía en un
control final. La decisión lógica y los hechos en los que poder basarla le eran
proporcionados por el ordenador integrado con el equipo. La respuesta lógica óptima era
aplicable con sólo pulsar un botón. Pero se había descubierto que, como el propio
proceso de la vida, aquello se parecía mucho más a una explotación minera moderna que
a la lógica.
Los mejores ingenieros lo habían sentido. Era una sensibilidad nacida de la
experiencia, del talento e incluso de algo parecido al amor, gracias a la cual eran amos no
solamente de las montañas, sino de la máquina que conducían y controlaban.
Aquél era uno más de los numerosos esfuerzos del hombre, para quien cierto talento
especial resultaba necesario. Menos del diez por ciento de los jóvenes ingenieros de
minas que se diplomaban cada año poseían la habilidad adicional imprescindible para ser
uno con el titán que dirigían. Incluso en los atestados mercados de trabajo del siglo XXI,
las minas siempre estaban buscando el mayor número posible de ingenieros cualificados.
Cuatros horas diarias de trabajo continuo, incluso para los talentudos miembros del clan
del diez por ciento, era mucho tiempo para ser un dios sin pecados. Y la máquina no
descansaba jamás.
| |