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NINGUN TIEMPO COMO EL FUTURO


 
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FACTOR VITAL ¿A quién enviaremos en busca de este nuevo mundo? ¿Quién nos parecerá Suficiente? MILTON. Paraíso Perdido Wayne Crowder se llamaba a sí mismo un hombre poderoso. Aquellos que le conocían mejor (aunque no había nadie que le conociese verdaderamente bien) utilizaban adjetivos hasta cierto punto lisonjeros para él. Era, según decían estas personas, un hombre frío c implacable; un hombre de voluntad de hierro e inflexible decisión; un hombre cuyo corazón corría parejas con su mandíbula de granito. No es que fuese astuto, inmoral o injusto. Solamente era duro. Un hombre que quería las cosas a su manera... y las conseguía. En una época que ve más el naufragio que el triunfo de las fortunas, Crowder demostró su habilidad y talento enriqueciéndose. Aun en estos días en que tan duro precio hay que pagar por todo, un hombre atrevido y resuelto que no admite obstáculos puede conseguirlo. Wayne Crowder lo consiguió. Patentó un sencillo artículo doméstico de uso general, lo vendió a un precio irrisorio que hizo trizas a todos los posibles competidores, y se convirtió en un multimillonario a pesar de los astronómicos impuestos que tenía que pagar al Departamento de la Renta Nacional..Se construyó un orgulloso rascacielos, en cuya cumbre instaló su despacho particular. Vivía en las nubes, tanto en el sentido figurado como en el verdadero. Sus empleados eran subordinados en el verdadero sentido de la palabra. Crowder constituía el ejemplo final del hombre de negocios completamente desapasionado: dueño de sí mismo, falto de amenidad, enérgico, astuto. Incluso aquellos periódicos untuosos y caros que se dedican a adular a los ricos y a los poderosos eran incapaces de hallar frases cordiales y lisonjeras cuando se referían a Wayne Crowder. Sólo sabían llamarle un hombre de hielo, de piedra, tinta y acero. Y en líneas generales, este juicio era exacto. Pero él les dio una sorpresa. Una tarde dijo a su secretario: —Reúna a mis ingenieros. Los ingenieros tomaron asiento en actitud deferente ante la maciza mesa del jefe. Wayne Crowder les dijo con laconismo: —Señores... quiero que me construyan una astronave. Los ingenieros le miraron y luego se miraron entre sí sin poder ocultar su extrañeza. El que hacía las veces de portavoz de los reunidos carraspeó. —¿Una astronave, señor Crowder? —He resuelto —dijo el millonario— ser el hombre que dará la navegación interplanetaria a la Humanidad. Uno de los expertos dijo: —Si usted lo desea, señor, podemos trazar los planos de semejante nave. Eso no es difícil. Los planos esenciales existen desde hace muchos años; la base de los mismos es el submarino. Pero...
Autor : Bond Nelson
 
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