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Comentario
Diez meses después de pasar por encima el último avión, Rolf Smith supo sin lugar a dudas
que sólo había sobrevivido otro ser humano. Ese otro ser humano se llamaba Louise Oliver, y
estaba sentada a la mesa, frente a él, en la cafetería de un drugstore en Salt Lake City. Comían
salchichas de Viena enlatadas y bebían café.
La luz del sol golpeaba como una sentencia a través del vidrio roto de una ventana. No se
oían ruidos ni adentro ni afuera; sólo un sofocante rumor de ausencia. El sonido de platos en la
cocina, el ruido sordo y pesado de los tranvías: nunca más. Había sol; y silencio; y los ojos
acuosos, asombrados, de Louise Oliver.
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